COMUNICACION

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(Publicado el domingo 19 de marzo de 2015 en el diario Ultima Hora)

Uno puede hacer un montón de cosas positivas, pero si nos las comunica es como si no las hubiera hecho. Uno puede creer que los silencios transmiten códigos y emociones, pero son solo las palabras las que permiten a los seres humanos trascender los límites animales de su condición.

Somos lo que decimos y callamos; por eso el filósofo norteamericano John Dewey decía que comunidad+comunicación: democracia. El extraordinario pensador de la educación y que fue testigo privilegiado en el proceso de León Trotsky en México, comprendía que solo la suma de ambas cosas puede producir un sistema político de pesas y balanzas (checks and balances), donde el sistema se sostiene y legitima. Cuando esto falla, la democracia primero cruje y luego se desploma.

No es agradable, ni mucho menos a un jefe de gobierno, en un régimen parlamentario, ir cada semana a dar cuenta de lo que hace ante los denominados representantes del pueblo. Estoy seguro de que dirán: “¿Por qué debo hacerlo ante unos delincuentes o jodidos como yo?”, pero lo hacen porque el sistema democrático se legitima en esa deposición semanal, donde debe escuchar lo que no le gusta y, por sobre todo, ajustar su visión del poder a una relación con otro poder que lo balancea y cuestiona.

El problema del Paraguay es que hemos escrito una Constitución democrática en 1992 para una dirigencia política que nunca dejó de ser autoritaria. Cree que está por encima de la ley y actúa como tal. El presidente de la República no solo no habla con el Congreso, sino tiene tan escasa consideración hacia sus miembros, que todo lo reduce a costo-beneficio.

Cuánto cuestan o cuánto valen, depende del momento y de las circunstancias. Ha encontrado el exacto nivel de justipreciarlos en un mercado de rentabilidades tan inestable y poco fiable. Todos desconfían de todos y por eso la enmienda no pasa del cháke (amenaza) que lleva a la vocera Lilian Samaniego a confundir en su nerviosismo el propio apellido del presidente.

La clase política se expresa guturalmente o a los gritos y trompadas, mientras lo que la sociedad quiere es que la traten con respeto, inteligencia y decoro. La dirigencia se desprecia mutuamente y se muestra incapaz de arribar a consensos –que es la fase más elevada del diálogo– porque se manifiesta incapaz de apearse de su posición de privilegio y poder que supone un cargo determinado. El ministro de Hacienda no conversa con el Congreso que le tira una soga para salvar los bonos y ahora tenemos un banco prestigioso que rechaza su colocación, porque no hay seguridad de cobrarlos. Si sale, el valor será superior en millones de dólares que habremos de pagar entre todos.

La ausencia de vocación de diálogo y de acuerdos sobre los que tanto insiste la Constitución ha dado paso a la transa y al embuste. Como consecuencia, esto tiene un costo en dinero, en futuro y en fortalecimiento de la democracia. Caprichos, egos y vanidad nos están llevando a destruir el frágil edificio que hemos podido levantar hasta ahora. Nadie habla más que con uno mismo y por ese camino lo que hace el Gobierno de bueno no se conoce y lo malo emerge como conclusión y síntesis.

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Acerca de Redaccion central

Escritor, abogado, profesor y periodista
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