LAS INSTITUCIONES

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(Publicado el martes 7 de junio de 2016 en el diario El Universo de Ecuador)

Un capítulo no escrito correctamente en la historia corta de las democracias latinoamericanas es aquel referido a las instituciones. Ellas existen al mero efecto declamativo. El poder local busca domesticarlas y en el camino poco importa el daño que se haga al sistema en su conjunto. La más débil de todas: la justicia; la más servil en varios casos: el Poder Legislativo; y las más intrascendentes: las de alcance internacional. No importa el nombre que se les ponga, lo cierto es que ellas solo son válidas cuando sirven al grupo hegemónico de poder que los controle. Si alguna pretende independencia y autonomía será castigada de manera contundente, como la Comisión de Derechos Humanos, a la que se le retacean los fondos y se la condena a perecer. Su delito: el haber cuestionado el poder de gobiernos que no admiten la más mínima de las críticas y que se levantan contra ellas en cualquier escenario donde se pretenda castigarlos. Tal vez si la misma con sus recomendaciones pudiera haber sido oída, hoy no estaríamos lidiando con una circunstancia como la venezolana. A ella se le advirtió de manera reiterada de los altos costos que supone el incumplimiento de normas que hacen la buena gobernanza democrática, pero desoyó siempre sus recomendaciones.

Las instituciones que se crearon para contrarrestar a la OEA han probado su notable inutilidad; la Unasur, por ejemplo, no tiene mejor idea que buscar resolver el desgobierno de Maduro, echando mano a expresidentes de cuestionada probidad para sacar las castañas del fuego y proyectar alguna fórmula de solución al diferendo democrático de ese país caribeño. Las demás solo sirven para ocupar cargos burocráticos de nulo impacto sobre el desarrollo de las libertades y de una economía productiva y de competencia. Celac y Aladi, solo por citar dos casos, no funcionan cuando la voluntad de algunos gobiernos es hacer que ellas justamente no sirvan a los intereses que las hicieron nacer.

Pareciera que la cantidad de estas instituciones que no son respetadas fuera proporcional a la nula intención de cumplir sus mandatos. El debate reciente en la OEA y muchas otras anteriores nos demuestran que no hay el mínimo interés de algunos gobiernos de hacer que estas instituciones le den el marco de legitimidad a gobiernos que hoy son severamente cuestionados por sus modos y prácticas lejanas a cualquier definición democrática.

Las instituciones hacen parte de un conjunto de formas abstractas a las que los países y sus ciudadanos deciden someterse, para que cuando los conflictos emerjan sean ellas capaces de conducir de manera pacífica y ordenada las voluntades que ya no pudieron resolver sus diferencias por mecanismos internos. Muchas veces, sin embargo, en el fondo esa carencia de respeto institucional y ese rechazo perverso a sus mandatos reflejan en realidad el escaso apego a la democracia y la nula vocación de libertad que varios gobiernos, como el venezolano, reflejan en su andar cotidiano.

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Acerca de Redaccion central

Escritor, abogado, profesor y periodista
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