CAMIONADAS A EMBOSCADA

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(Publicado el domingo 28 de febrero de 2016 en el diario Ultima Hora)

Se congregan como esas tribus primitivas en cada partido. Muestran su absoluta ausencia de afectos y de límites.

Gritan. Insultan. Escupen. Van armados y cuando los frenos comienzan a funcionar beben alcohol y drogas para sentirse liberados.

No les interesa el juego aunque lo usen de pretexto para sentirse identificados con algo y con algunos.

Tienen nombres de guerra y viven en ella desde hace tiempo.

Solos, sin amor y por sobre todo sin futuro.

Ellos: las barras bravas son parte de una jungla social que en cada partido de Cerro, Olimpia o Luqueño solo esperan ser noticia por haber asesinado, golpeado o destruido la propiedad de alguien.

Los dirigentes hacen bulto con ellos proveyéndoles entradas de favor.

Sus líderes se convierten en referentes políticos al que solo desmienten cuando el funcional elemento del poder mata a su mujer y lo esconde en un autobús estacionado en el centro de entrenamientos del Olimpia.

Qué cruel metáfora para un grupo social que no tiene identidad, valores ni mucho menos: destino.

Solo les espera la prisión de Emboscada y eso solo porque ya no hay lugar para ellos en Tacumbú.

Son los desheredados, los huérfanos, los marginales de una sociedad sin herencia, sin padres ni referentes.

Ellos no van a las canchas para ver el juego.

Ellos gritan, empujan, queman y se pelean. Se mueven como simios y actúan de una forma primitiva.

Algunos son marginales y otros viven una realidad rutinaria que la rompen en cada convocatoria de juego deportivo.

Se reafirman matando y no les importa morir. La vida no tiene sentido más que en la confrontación, el riesgo y la muerte.

Constituyen una llamada de atención de un tiempo en que claramente ellos saben que no tienen lugar.

Forman parte de este cambio de era donde ni la política y menos la educación tienen valores que los muevan hacia algo diferente y distinto.

Ellos hacen parte de la patota de una república donde el bono demográfico produce más miedos y angustias que optimismo hacia el futuro.

Ellos son nuestro porvenir y no nos damos cuenta.

Ni sus progenitores, que lloran frente a comisarías atestadas en donde claman por una justicia que no existe.

Les espera la prisión de donde saldrán peores que cuando ingresaron.

Hacen parte del territorio de la nada donde la motivación de vivir solo se legitima en la muerte.

Corren, saltan, sudan… en cada juego creyendo que en ese ritual chamánico espantarán a los demonios que les impiden ver la vida desde una perspectiva distinta.

Son los hijos de una sociedad que hizo del poder una extensión del hedonismo y nunca del compromiso de ser una cosa distinta.

No entusiasman ni sirven de referentes.

El poder solo los carga en camionadas a Emboscada donde una parte de la sociedad solo los quiere ver picando piedras pero no entusiasmados con la vida.

Las barras bravas reflejan la nada de muchos que sienten poco porque la vida es solo el vacío cotidiano.

Antes de Emboscada traíamos piedras para los cimientos, ahora enviamos a jóvenes sin principios, valores ni futuro.

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Acerca de Redaccion central

Escritor, abogado, profesor y periodista
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