CONFIANZA

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(Publicado el miércoles 20 de enero en el diario El Universo de Ecuador)

Esta es la palabra clave en cualquier relación humana. Sobre ella se edifican las instituciones que nos representan políticamente y ella es el cimiento de la democracia. Cuando se la pierde, todo cae inexorablemente como está ocurriendo en países que sostuvieron los “cambios sociales” en estructuras notablemente viciosas y corruptas, como aquellas que administraron millonarios recursos en nombre de la gente pero en realidad en beneficio de unos pocos. No es casualidad que las empresas estatales de petróleo como PDVSA o Petrobras que además cotizaba en Bolsa, se enfrenten a circunstancias escandalosas cuando los precios han caído de manera tan extraordinaria en los últimos años. La borra comienza a emerger y las ganancias sociales se muestran muy pequeñas ante la escandalosa dilapidación de recursos. La confianza se pierde y los políticos responsables deben dar el paso al costado.

Es el fin de un ciclo de abundancias que sacó lo peor de los gobernantes latinoamericanos: el autoritarismo, la corrupción en sus diferentes modos, la manipulación y la injusticia. Cuando hubiéramos podido construir referencias de países ricos por los buenos precios de las materias primas, nos lamentamos ahora de volver a reproducir los peores elementos matriciales de nuestra cultura. Las instituciones fueron arrasadas, todas estuvieron dispuestas al capricho de los gobernantes sin capacidad de erigir instituciones que actuaran de contrapesos del poder Ejecutivo y finalmente recrearon una fiesta de máscaras y simulaciones –muy válidos para los tiempos de carnaval–, pero distante de lo que se espera sea una democracia que trabaje en verdad para la gente.

La síntesis que se levantó del poder concentrado en el presidente de la República se tornó casi de inmediato en una fórmula que obligaba a concluir en la desconfianza. De nada sirvieron los discursos ni desplantes, mientras la economía degradaba los cimientos de una estructura social en la que los subsidios no eran más que migajas repartidas por un gobierno autoritario y discrecional. Lo que estamos viendo es solo una parte del gigantesco iceberg en que se han convertido gobiernos formalísticamente democráticos pero distantes del sentido de poderes en control y mutua interdependencia. Ahora queda de nuevo reconstruir lo que ha sido erosionado, pero con la experiencia que llevó a que su degradación se convirtiera en la razón del azote que padecieron políticamente varios de nuestros países.

No será una tarea fácil ni mucho menos. Hay que madurar procesos políticos como miradas amplias y generosas. Lo que se está yendo vino por razones que deben ser parte de la autocrítica y los que se van también deben entender que sin eficacia, honestidad y compromiso con la gente no hay dinero que sostenga por mucho tiempo este baile de disfraces en que se ha convertido la democracia en varios países.

Se acabó la fiesta y la resaca es dura. Los restos de gobiernos autoritarios y sin control comienzan a emerger y claramente lo que vemos es la urgente necesidad de recobrar la confianza no solo en las instituciones sino en los ciudadanos que no estén dispuestos a entregar su independencia, libertad y mucho menos su confianza en gobernantes autoritarios, resentidos o corruptos.

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Acerca de Redaccion central

Escritor, abogado, profesor y periodista
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