EL IMAGINARIO SOCIAL

Cuando estudiar no es suficiente; cuando el mérito no es estimulado; cuando los referentes son escondidos y sustituidos por quienes exhiben impúdicamente sus riquezas malsanas, su desprecio a la ley o el respeto a las instituciones, no deberíamos pensar mucho para concluir que estamos en decadencia.

Entendiendo que los valores opuestos alguna vez nos colocaron en una posición de admiración social diferente al que tenemos ahora.

Las mujeres quieren ser como aquellas que se erigen en modelos sin serlas y los hombres están interesados en expresar su masculinidad a través del poder o la prepotencia.

Así estamos en Paraguay y por eso nos va mal.

 

Mientras no propugnemos los valores opuestos, los cínicos que promueven esas conductas contrarias no deben quejarse de las consecuencias que genera vivir en un país inseguro, pobre, analfabeto y algo peor: sin esperanza.

Mucha gente vive así en Paraguay. Ha perdido la rebeldía interna, aquella que le influía el deseo de ser mejor o inteligente para construir una sociedad diferente.

Hoy se sobrevive como en un gueto, donde no importa ni la ética ni la estética. Solo vive y es un vivo quien puede gritar más fuerte los peores agravios y acobardar a muchos por los insultos o prepotencia.

Los vemos celebrar sus éxitos en convenciones partidarias, reuniones gremiales, sindicatos, asociaciones o clubes de barrio. Están ahí mostrando ante los demás el retrato del éxito, blasfemando a su paso a quien ose interpelar su ausencia de pudor, recato o educación.

El imaginario colectivo se ha transformado en Paraguay en los últimos años.

La dictadura sometió a muchos, incluidos a varios inteligentes que fueron funcionales a ella. Aquellos que podían vender su talento a quien pusiera algo de dinero frente a ellos sin importarles nada, porque la dictadura era la nada ética y moral de un país.

Stroessner sabía esa debilidad nacional y la explotó de una manera tal que privilegió frente a muchos al abyecto, al servil y al mendigo que teniendo todo vendió su dignidad para buscar con su gesto prostituir a otros.

Lo que tenemos viene de lejos, pero hemos hecho poco para revertir las cosas en democracia y en libertad.

Hemos sido abrumados por los deberes que implica ser ciudadano y por las responsabilidades que conlleva ser libre. Hoy los padres no pueden con sus hijos; los ciudadanos con sus políticos; estos con sus financistas… y así, sucesivamente.

El propio presidente de la República demuestra con sus gestos y actitudes ser un digno heredero de los antivalores que prohijó la dictadura. Falta de transparencia, ausencia de ética, silencios omnímodos, gestos despectivos y distancia con la sociedad a la que solo referencia en la entrega de algunos juguetes en Reyes. Toda una metáfora del país que tenemos. El que podemos darnos y el que parece desafortunadamente para muchos que será muy difícil cambiar.

Es probable que la matriz de ese pueblo austero, recatado, educado, promotor en casa e instituciones de un sentido de vergüenza ética que los compelía a ser buenos porque el costo de lo contrario era terriblemente pesado para su persona y su familia, aún exista como un fuego escondido entre tantas cenizas.

Tal vez haga falta avivarlo para que extienda su fuerza vivificadora que nos reivindique con un país de oportunidades para todos.

Cuando todo parece perdido, es preciso redoblar esfuerzos para que el imaginario social no esté constreñido a la irrupción obscena de quienes creen haber obtenido definitivamente el triunfo del mal sobre el bien. Es tiempo de independencia y de refundación como hace 200 años.

http://www.ultimahora.com/notas/397177-el-imaginario-social

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Acerca de Redaccion central

Escritor, abogado, profesor y periodista
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2 respuestas a EL IMAGINARIO SOCIAL

  1. Daxi Duarte Vera dijo:

    Excelente, en el imaginario paraguayo todo vale, aunque imagino que Paraguay aún puede vivir de una economía basada en el conocimiento, no todo está perdido, 200 años es poco si socialmente somos responsables.
    Saludos
    Daxi Duarte

  2. Leonardo Boff dijo:

    Mi sentimiento del mundo me dice que hay cuatro principios y cuatro virtudes capaces de garantizar un futuro bueno para la Tierra y la vida. Aquí solamente voy a enunciarlos, sin espacio para profundizar en ellos, cosa que he hecho en varias publicaciones en los últimos años.

    El primero es el cuidado. El cuidado es una relación de no agresión y de amor a la Tierra y a cualquier otro ser. El cuidado se opone a la dominación que caracteriza el viejo paradigma. El cuidado regenera las heridas pasadas y evita las futuras. Retarda la fuerza irrefrenable de la entropía y permite que todo pueda vivir y durar más. Para los orientales lo equivalente al cuidado es la compasión; por ella nunca se deja abandonado al que sufre; se camina, se solidariza y se alegra uno con él.

    El segundo es el respeto. Cada ser posee un valor intrínseco, independientemente de su uso humano. Expresa alguna potencialidad del universo, tiene algo que revelarnos y merece existir y vivir. El respeto reconoce y acoge al otro como otro y se propone convivir pacíficamente con él. Ético es respetar ilimitadamente todo lo que existe y vive.

    El tercero es la responsabilidad universal. Por ella, el ser humano y la sociedad se dan cuenta de las consecuencias benéficas o funestas de sus acciones. Ambos tienen que cuidar la cualidad de las relaciones con los otros y con la naturaleza para que no sean hostiles sino amigables hacia la vida. Con los medios de destrucción ya fabricados, la humanidad, por falta de responsabilidad, puede autoeliminarse y dañar la biosfera.

    El cuarto principio es la cooperación incondicional. La ley universal de la evolución no es la competición en la que gana el más fuerte, sino la interdependencia de todos con todos. Todos cooperan entre sí para coevolucionar y para asegurar la biodiversidad. Por la cooperación de unos con otros, nuestros antepasados se volvieron humanos. El mercado globalizado está gobernado por la más rígida competición, sin espacio para la cooperación. Por eso, campean el individualismo y el egoísmo que subyacen a la crisis actual y que han impedido hasta ahora cualquier consenso posible frente a los cambios climáticos.

    Estos cuatro principios deben venir acompañados de cuatro virtudes, imprescindibles para la consolidación del nuevo orden.

    La primera es la hospitalidad, virtud primordial, según Kant, para la república mundial. Todos tenemos el derecho de ser acogidos, lo que se corresponde con el deber de acoger a los otros. Esta virtud será fundamental frente al flujo de los pueblos y los millones de refugiados climáticos que surgirán en los próximos años. No debe haber, como hay, extra-comunitarios.

    La segunda es la convivencia con los diferentes. La globalización del experimento hombre no anula las diferencias culturales con las cuales tenemos que aprender a convivir, a intercambiar, a complementarnos y a enriquecernos con los intercambios mutuos.

    La tercera es la tolerancia. No todos los valores y costumbres culturales son convergentes y de fácil aceptación. De ahí se impone la tolerancia activa de reconocer el derecho del otro de existir como diferente y garantizarle su plena expresión.

    La cuarta es la comensalidad. Todos los seres humanos deben tener acceso solidario y suficiente a los medios de vida, y seguridad alimentaria. Deben poder sentirse miembros de la misma familia que comen y beben juntos. No sólo es la nutrición necesaria, se trata de un rito de confraternización.

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